Cajamarca: el “balazo” que nunca existió y las sombras que persiguen a Fernando Chuquilín

La versión del rondero Fernando Chuquilín volvió a quebrarse. Esta vez, por un parabrisas estrellado que él presentó como “balazo”, pero que el propio video desmiente. No se escucha disparo alguno, no hay fogonazo, no hay persecución. Lo único que ocurre es que una camioneta pasa a su costado y, en ese instante, una piedra golpea la luna delantera y la rompe. Nada más.

En el video se observa claramente que el vidrio se estrella de inmediato, justo un milisegundo después de que la camioneta termina de pasar a su lado. Chuquilín ni frena, ni gira el timón, ni se sobresalta: no hay reacción humana compatible con un disparo real. Eso solo pasa cuando el impacto es una piedra mínima, no un proyectil. Es imposible que le hayan disparado desde esa camioneta.
Aun así, Chuquilín declaró: “Recibí un balazo… me han roto la parabrisa”. Pero no mostró bala, no presentó denuncia, no pidió peritaje, no existe evidencia física. Solo está el vidrio astillado con el patrón típico de un impacto contundente y accidental.

Y hay un punto que resulta imposible de obviar: la modalidad que él describe no coincide con la forma en que operan los delincuentes de la zona. Sí, existen bandas peligrosas, pero no atacan así. No disparan al vuelo, desde una camioneta en movimiento, hacia otro vehículo en plena marcha. Un ataque real implica seguimiento, cierre, detención y luego agresión directa. Si el supuesto disparo hubiera salido de la camioneta que aparece en el video, se vería el fogonazo, el brazo extendido del tirador o al menos el ángulo lógico del ataque. Nada de eso ocurre. La camioneta pasa sin alterar su trayectoria. Y el parabrisas muestra el impacto típico de una piedra, no de un proyectil. Lo que él describe es técnicamente improbable y operativamente absurdo.

Este episodio no es aislado. No es la primera vez que Chuquilín manipula o acomoda sus relatos. A nuestra redacción le consta: cuando inició sus intervenciones públicas, cuestionaba duramente al alcalde Joaquín Ramírez, denunciaba sus vínculos empresariales y su manejo municipal. Pero poco después, y tras recibir motocicletas y auspicios procedentes del entorno del alcalde, su discurso cambió. De golpe dejó de criticarlo. De golpe empezó a defenderlo. Y jamás explicó ese viraje.
A eso se suma otro detalle que en Cajamarca todos conocen, aunque pocos dicen en voz alta: Chuquilín administra un grupo de WhatsApp de prensa al que solo ingresan periodistas locales. Desde ahí envía videos, audios, convocatorias, “alertas”, y maneja la agenda con una rutina casi automática. Y los periodistas —muchos, no todos— corren detrás de esas historias porque generan clics, escándalo, morbo. La fórmula es simple: él produce drama y la prensa local lo amplifica. Él ofrece sensacionalismo; la audiencia lo consume. Y en ese circuito, su palabra queda rara vez en duda.

Pero la duda ya es inevitable. Hoy, la escena se repite: un hecho común en carretera es convertido en atentado. Una piedra se vuelve bala. Un incidente menor se transforma en narrativa de persecución.
La región vive un momento real de inseguridad, y la población espera de sus dirigentes responsabilidad y claridad, no exageraciones ni historias infladas. Si hay ataques, debe demostrarse. Si hay amenazas, deben denunciarse. Pero si lo que hay es una piedra que cae y rompe una luna, debe decirse tal cual.
Esta vez, Fernando Chuquilín no enfrentó un atentado.
Enfrentó sus propios fantasmas: el parabrisas se rompió por una piedra.
Lo demás fue ficción.


