Una noche sagrada en Cusco: la rebelión de Túpac Amaru revive en música y viento

El sonido se escucha a cuadras de la Plaza de Armas. Zampoñas, kenas y tambores cruzan las calles empedradas, rebotan entre muros incas y balcones coloniales, el sonido termina por envolver toda la noche.

En el centro del Cusco, los ayarachis y los sikuris tocan, cantan, y las mujeres —nacionales y extranjeras— bailan alrededor de los grupos de hombres, coreando con los brazos alzados, dejando que el viento haga su parte.

Son las 10:40 p.m. y el frío desaparece. El aire huele a mapacho, a cañazo, a hojas de coca recién mascadas. Nadie dirige nada, nadie obedece a nadie: la música manda. La ciudad inca vibra con un sonido que parece venir de otro tiempo, de esas montañas donde el eco todavía lleva nombres antiguos.

Javier, músico del grupo, dice que el ayarachi es una música sacra, compuesta para el Inca. “Tratamos de conservar su esencia —dice— aunque el tiempo cambió muchas cosas”. Explica también que el sikuri es distinto: siete cañas arriba, seis abajo, escalas completas. El ayarachi, en cambio, se toca como quien conversa con el viento.

Durante el encuentro, los músicos comparten coca, mapacho, cañazo, té piteado. No hay escenarios ni luces: solo una rueda de gente, la piedra, el humo y el ritmo. A veces los ojos se cierran, como si esa melodía pudiera abrir algo más profundo que la memoria.

Este 4 de noviembre, Cusco recordó los 245 años de la rebelión de Túpac Amaru II. No con discursos ni ceremonias, sino con música. El mismo día, siglos después, los pueblos volvieron a reunirse para honrar al rebelde que soñó con liberar al Perú.

“Nosotros no solo hacemos música”, dice Javier. “Peregrinamos a las montañas, celebramos el Inti Raymi, los equinoccios con el sol, mantenemos la jalpa con la coca. Es parte de nuestra vida”.

El ayarachi, declarado Patrimonio Cultural de la Nación, volvió a sonar en el corazón del Cusco. Y el eco —ese eco que viaja más allá de la plaza— dejó claro que hay rebeldías que no mueren: solo cambian de forma. Ahora se tocan en caña y tambor.

Texto y fotos: Álvaro Franco Reyna

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