La puerta del cementerio que terminó bajo la lupa de la Contraloría

En Cajamarca, hasta la entrada del cementerio revela un exceso difícil de ocultar. La Beneficencia Pública pagó 150 mil soles por un portón que, a simple vista, no justifica ni la mitad del monto. Fierro pintado de bronce, columnas simples, dos ángeles de caliza. Nada más. Un intento de solemnidad que termina oliendo a sobreprecio.
La orden de servicio —ya en manos de la Contraloría— muestra lo esencial: fue aprobada y pagada sin una explicación técnica que sustente el costo. Cualquier maestro soldador sabe que una estructura así rara vez supera los 50 mil soles, incluso con acabados de mejor factura.

Las imágenes confirman la sospecha. No hay bronce, no hay mármol, no hay ninguna artesanía que justifique la cifra. Es un portón común, de taller, maquillado para parecer algo que no es. Y aun así, alguien en la Beneficencia decidió cargarlo al presupuesto social como si se tratara de una obra mayor.
Buscar respuestas ha sido inútil. El gerente no responde llamadas. El presidente del directorio, el ingeniero Wilder Narrow, aseguró desconocer el monto. Lo cierto es que el documento está firmado y el pago ejecutado. La sorpresa, en todo caso, debió convertirse en indignación institucional. No ocurrió.
En una ciudad con necesidades más urgentes que un portón ostentoso, este gasto es una afrenta. La Beneficencia —que debería priorizar a los vulnerables— terminó financiando una pieza inflada que solo abre dudas sobre el uso del dinero público.
La llamada “Puerta General de Cajamarca” bien podría llamarse la Puerta Vergüenza: un símbolo involuntario de lo que ocurre cuando la falta de control se mezcla con la discrecionalidad. Más que custodiar el camposanto, hoy custodia preguntas que las autoridades intentan esquivar.
El expediente avanza en Contraloría y Fiscalía. Falta saber si terminará en una investigación real o en el cementerio administrativo donde descansan las irregularidades que nadie quiere enfrentar.
La escena es típicamente peruana: una obra simple presentada como lujo, un costo abultado sin sustento, y un espacio que debería ser sagrado convertido en escenografía del abuso. No es solo un portón caro; es un recordatorio de cómo se gestiona lo público cuando nadie mira.
Porque en Cajamarca no solo se entierran a los muertos. También se entierran cuentas y responsabilidades. Esta vez, sin embargo, la puerta quedó demasiado visible —y demasiado cara— para que pase desapercibida.

