Quillahuata: la comunidad que resiste al abandono y a la DDC en el borde invisible del Cusco

Una madre en la comunidad de Quillahuata, distrito de San Sebastián, alza la mirada mientras su hija juega cerca de su humilde vivienda. Foto: Álvaro Franco Reyna

Quillahuata es una apacible comunidad en el distrito de San Sebastián, en el Cusco, rodeada de los paisajes hermosos y ásperos del Ande que cae hacia el valle sagrado de los incas. Un lugar que podría confundirse con cualquier postal de tranquilidad rural, salvo por un detalle: aquí, a quince minutos del centro de la ciudad, la vida está detenida. El tiempo no avanza. O avanza en círculos. Porque la Dirección Desconcentrada de Cultura (DDC) convirtió el acto básico de vivir —construir una casa, arreglar un muro, instalar agua— en un camino lleno de trabas que nadie explica del todo.

Una comunera de Quillahuata, cerca de Cusco, sonríe mientras espera junto a otros pobladores la respuesta de las autoridades de Cultura (DDC). Foto: Álvaro Franco Reyna

Cuando me bajo de la combi, apenas camino unos pasos y la escena ocurre como si hubiera sido pactada sin palabras: la gente aparece, se acercan, me rodean. No es un recibimiento; es una urgencia. Como si me hubieran estado esperando. Como si necesitaran decirlo todo antes de que la combi desaparezca tras la curva. Entre ellos, un hombre destaca: Maximiliano Sotta, que avanza hacia mí como quien reconoce, al fin, a alguien a quien contarle lo que lleva años atorado.

El saludo dura un instante. La historia, no. Maximiliano empieza a hablar sin rodeos, con la voz apretada por generaciones de herencia y paciencia.

“Antes teníamos casa de paja, luego adobe… ahora queremos construir de material. Pero no quieren que hagamos desagüe ni casa de tres pisos”, dice, señalando su vivienda a medio terminar. Tiene título de propiedad, pero eso no basta: la DDC le impuso restricciones que lo inmovilizan. “A veces la familia se enferma. Uno quiere vender un pedacito para curarlos…”. Lo dice sin dramatismo; lo dice como quien ya entendió que la burocracia también mata.

Maximiliano insiste en algo que muchos repiten: “Acá no hay ninguna piedra, nada. Pumamarka para abajo, pero arriba no hay movimiento arqueológico”. Sin embargo, están incluidos en el Parque Sacsayhuamán y en el Parque Pumamarca. La tinta hace existir restricciones donde la tierra no muestra restos.

Después de la conversación, avanzo cuesta arriba hacia el sitio arqueológico. No hay señalización, ni sendero oficial, ni guía. Solo las voces que oí abajo y los rastros de un territorio que se camina más por intuición que por mapas. Recién entonces aparece Pumamarca: ese conjunto de rastros dispersos —muros sueltos, plataformas aisladas, fragmentos prehispánicos— extendidos en puntos pequeños sobre el cerro San Jerónimo–San Sebastián. No es el complejo monumental de Ollantaytambo, sino otro Pumamarca: más modesto, más fragmentado, más difícil de delimitar. Un sitio que siempre estuvo ahí, rodeado de chacras y casas, sin una sola inversión sostenida de la DDC, sin un proyecto serio de conservación real durante décadas. Un parque arqueológico recordado solo en papeles. No en presencia.

Esa inclusión los condenó a una paradoja: no pueden construir canales, no pueden ampliar casas, no pueden hacer obras de agua. El riego, antes cercano, hoy depende de la lluvia. Para cocinar, para el día a día, las familias deben comprar un tanque de agua que cuesta 35 soles diarios. En Quillahuata, el agua dejó de ser un servicio: es una compra obligada, una carga más en un lugar donde todo cuesta más de lo que debería.

Horas después, desde otro sector del cerro, aparece la voz de Armando Huamán, del sector Pumamarca. Él vive el conflicto desde el otro extremo de la comunidad. “Luz, agua, desagüe: todo está listo. Pero el INC —bueno, Cultura— no quiere”, dice. El gerente de Electro Sur les ofreció instalar la luz de inmediato, pero la autorización se trabó en Cultura. Con el agua es peor: como no hay permiso, los vecinos deben pagarse entre ellos para acceder a una conexión improvisada. Un pequeño mercado de supervivencia creado por un Estado ausente.

Armando pidió una inspección técnica para entender qué podía construir. “Me dijeron que hay dos muros. Eso ya sabía. Lo que quiero es saber a qué distancia puedo trabajar. Nunca dicen nada”. A ese silencio lo llama como lo siente: “perro del hortelano”.

El sitio arqueológico, explica, es mínimo en comparación con toda la extensión habitada. Pero Cultura intenta recién ahora inscribir restricciones en Sunarp. “Si el parque tenía carga, yo no compraba. Pero no había nada”, dice.

Por eso el ambiente de la comunidad está cargado: muchos son pobres, muchos sueñan con vender un pedacito para avanzar, pagar una deuda, mandar a un hijo al colegio. Pero no pueden. Otros quieren levantar su primera casa de material. Tampoco pueden. La DDC no les dice qué se puede, qué no, ni por cuánto tiempo estarán atrapados entre trámites que se contradicen entre sí.

Más tarde, ya en Cusco, llego a la sede de la DDC para ver qué quedó del diálogo anunciado. Encuentro a uno de los mismos comuneros que vi en la mañana. Está molesto, cansado. Me dice que solo dejaron entrar al presidente. “Nosotros no pudimos ingresar”.

El incendio que podría llegar antes que las autoridades

A pocos metros del sitio arqueológico de Pumamarca, donde debería respirarse aire puro, se respira humo. La municipalidad tolera un botadero clandestino que arde como si nadie midiera el daño que podría causar. El fuego se enciende en pleno bosque de Pumamarca y, si se descontrolara, podría alcanzar el sitio arqueológico en cuestión de minutos. Está demasiado cerca, demasiado expuesto, como si la negligencia hubiera llegado antes que cualquier protección.

La espera se vuelve silencio.
La frustración, rutina.

Quillahuata es un pueblo que ha cuidado estos cerros durante generaciones. Pero ahora viven como si fueran intrusos en su propio lugar. Tan cerca de Cusco, tan lejos de sus decisiones, miran cómo la historia se protege a costa de quienes la sostuvieron siempre. Y la vida, mientras tanto, sigue atascada en ese punto donde los papeles pesan más que la verdad del terreno.

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