BAJO URUBAMBA | COMUNIDADES RECIBEN POR FIN LA GEOREFERENCIACIÓN QUE EL ESTADO DEBIÓ ENTREGAR HACE DÉCADAS

En Nuevo Mundo, bajo un sol que cae pesado sobre el estadio comunal, 17 comunidades nativas de Megantoni y Echarati recibieron por fin los planos y coordenadas que durante años el Estado les negó. No fue una ceremonia solemne: fue el cierre —a medias— de una deuda histórica con los pueblos Matsigenka, Asháninka, Kakinte y Nanti, que pasaron décadas defendiendo su territorio casi a ciegas.

Las comunidades de Cashiriari, Kirigueti, Kochiri, Miaria, Nueva Luz, Nueva Vida, Nuevo Mundo, Porotobango, Puerto Rico, Segakiato, Sensa, Shivankoreni, Taini y Tangoshiari en Megantoni; y Estrella Alto Sangobatea, Inkaare y Poyentimari en Echarati, recibieron por primera vez información territorial completa, validada y reconocida. Algo tan básico como saber dónde empieza y termina su propia tierra.
Durante los años ochenta, los títulos llegaron incompletos, sin coordenadas precisas. Ese vacío abrió la puerta a todo: superposiciones, taladores ilegales, amenazas, disputas de límites y trabas interminables para acceder a programas de desarrollo. Hoy, después de que MIDAGRI transfiriera 5.2 millones de soles, el Gobierno Regional actualizó planos, validó coordenadas y colocó hitos. Tarde, pero necesario.

El gobernador Werner Salcedo entregó los documentos y afirmó que es “un paso fundamental para garantizar derechos colectivos y proteger la selva”. Las comunidades escucharon, pero saben que el papel no es suficiente: la vigilancia territorial sigue siendo tarea diaria frente a invasores, carreteras informales, mafias de madera y decisiones tomadas desde despachos muy lejos de la selva.

Líderes Matsigenka y Asháninka señalaron que, con esta actualización, podrán fortalecer el control comunal y gestionar proyectos de manejo forestal, agricultura sostenible y servicios básicos que antes se perdían en trámites sin mapas ni coordenadas.
Representantes del Bajo Urubamba y organizaciones indígenas remarcaron lo obvio: el Estado empieza a saldar una demanda que lleva más de 40 años en espera. La selva no puede esperar otro tanto.

