TRENES A MACHU PICCHU:: LUJO PARA TURISTAS, SUFRIMIENTO PARA PERUANOS

A las 3, 4, 5 de la mañana, los peruanos hacen cola tiritando frente a la estación. Parados, sin techo, sin calefacción, mirando cómo los turistas extranjeros ingresan directo a salas cómodas, con asientos, abrigo y trato preferencial.

Para los nacionales, en cambio, no hay venta de asientos hasta “última hora”, cuando aparece alguno suelto, de reventa disfrazada. Ese es el ritual indigno para visitar la Maravilla que debería pertenecernos a todos.

Y luego vienen las fallas mecánicas. Las eternas. Las de siempre. La pasajera que viajó ayer lo dijo sin rodeos: “Una hora de retraso, y no por derrumbe ni protesta: por fallas recurrentes”. Cientos pierden su horario de ingreso, otros llegan corriendo para alcanzar unos minutos en la ciudadela, y no pocos regresan sin haber visto nada. Algunos incluso pierden vuelos porque el tren —ese tren que debería ser orgullo nacional— nunca cumple.

El servicio es un espejo del maltrato: vagones abarrotados, pasajeros parados como ganado, horas de espera para que al final digan que “no hay pasajes” o que “suban todos a un solo vagón”. ¿Ese es el estándar para los peruanos? ¿Ese es el trato que merecemos en nuestra propia tierra?

Mientras en Lima hablan de “nuevas eras ferroviarias”, aquí la realidad es otra. Colas heladas al amanecer, retrasos interminables, vagones repletos y un servicio que castiga siempre al mismo: al peruano. Las grandes palabras no viajan en estos rieles; aquí solo pasa el maltrato disfrazado de logística. Si de verdad quieren hablar de modernidad, que empiecen por arreglar lo básico y respetar a quienes sostienen el turismo del país. Solo así se escribe una nueva historia ferroviaria, no con discursos, sino con hechos.

OSITRAN, MTC, Indecopi: los organismos de control ya no pueden mirar a otro lado. La supervisión tibia es complicidad. Las sanciones deben doler. El servicio debe cambiar.

Porque esta no es una simple molestia: es una humillación cotidiana. Y el Perú no debería aceptar ser turista de segunda en su propia maravilla.

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