La pileta de la casona Miguel Espinach, dañada en segundos tras meses de restauración

La pileta que fue restaurada durante meses de minucioso trabajo por el maestro restaurador Segundo Calhua Herrera y su equipo de la Escuela Taller San Antonio, con un gasto aproximado de 50,000 soles entre materiales y mano de obra, se vio comprometido en cuestión de segundos por decisiones improvisadas de la Gerencia de Turismo de la Municipalidad Provincial de Cajamarca, bajo la dirección del actual gerente Fernando Silva.

Según información de primera mano, se colocó un árbol de Navidad sobre la pileta ornamental de la casona Miguel Espinach, ubicada en el patio central del centro cultural que lleva su nombre. La acción afectó directamente la cerámica restaurada con técnicas especializadas, poniendo en riesgo la integridad de un patrimonio histórico que data del siglo XVIII.

“Todo el trabajo que tomó meses, ahora podría perderse en horas. Esto debió cuidarse con la debida planificación”, señaló un restaurador vinculado al proyecto.

La pileta es parte del conjunto arquitectónico de la casona Espinach, que fue adaptada como Centro Cultural Municipal Miguel Espinach. La restauración de 2022 incluyó reparación de estructuras de hierro, limpieza de piezas cerámicas y medidas de protección como bolardos para evitar daños. Con un presupuesto superior a 30,000 soles, estimado en más de 50,000 soles considerando materiales y supervisión, representa una inversión significativa en la preservación del patrimonio cajamarquino.

El contraste entre el tiempo invertido por Calhua y su equipo y la acción reciente es brutal: en meses se restauró, y en segundos la negligencia lo puso en peligro. La ciudadanía exige a la municipalidad una explicación inmediata y medidas para proteger de manera definitiva este patrimonio histórico.

Ahora la pregunta es inevitable: ¿cómo van a arreglar lo que ya está roto? ¿cuánto costará repararlo de nuevo? ¿quién asumirá la responsabilidad por este daño? La gestión de Fernando Silva tiene que dar respuestas claras, porque el patrimonio no puede quedar a merced de improvisaciones.

La situación evidencia una desconsideración total por la conservación patrimonial. La pileta, más que un adorno del centro cultural, es un testimonio de la historia de Cajamarca que requiere cuidado, respeto y responsabilidad.

La respuesta de Fernando Silva solo confirma lo evidente: no tiene la menor idea de lo que significa restauración patrimonial. Y peor aún: cree que puede justificar una torpeza monumental con un par de cifras mal dichas y unas fotos del desastre en la Casona Espinach.

Comparar una pileta restaurada hace pocos meses, con técnicas especializadas y supervisión profesional, con los asientos despedazados de la Casona, es la clase de argumento que solo aparece cuando no hay nada serio que decir. Una maniobra para confundir, no para explicar.

Y luego suelta, con una soltura que asombra, que “no pasa de 20 mil soles” y que “50 mil es para pan de oro”.
¿De verdad?
Habla de restauración como si se tratara de cambiar cerámicos de baño. Como si no hubiera diferencia entre intervenir un bien del siglo XVIII y pegar un azulejo cualquiera. Como si el trabajo de meses de Calhua y su equipo fuera una anécdota.

Lo más grotesco es que esos “20 mil soles” no serían necesarios si su propia gestión no hubiera puesto un árbol de Navidad sobre una pileta recién restaurada.
Esa cifra existe por la misma razón por la que hoy estamos hablando de esto: por negligencia, por improvisación, por esa costumbre municipal de usar el patrimonio como utilería.

Entonces, ¿qué pretende Silva?
¿Que cada año Cajamarca pague 20 mil soles para arreglar lo que ellos mismos malogran?
¿Que el error se cubra con más presupuesto?
¿Que la responsabilidad se diluya entre fotos sueltas de bancas rotas?

No, señor.
La pileta no se dañó por desgaste: se dañó por una decisión irresponsable.
Y la ciudadanía no necesita pretextos: necesita que alguien dé la cara.

Porque cuando un gerente minimiza el daño y habla de “pan de oro” para salir del apuro, queda claro que lo que está en peligro no es solo la cerámica:
es la capacidad de esta gestión para cuidar lo que dice proteger.

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